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アジア 5

Pero el Asia actual es fruto no sólo del pasado de sus civilizaciones, a veces mile¬narias, sino también de hechos mucho más cercanos a nosotros, y sobre todo de la irrupción militar y económica, en el conti¬nente, de las mayores potencias mundiales. De este hecho dramático y sangriento ha derivado la dominación colonialista y la reconquista de la propia libertad, por medio de un proceso agótador que todavía con¬serva en algunas zonas la forma de la lucha armada contra los diversos imperialismos que las amenazan, mientras que en la mayor parte del continente se muestra en la lucha por la independencia económica; la intro¬ducción, a menudo forzada, de modos de producción antes desconocidos, que han arrumbado los tradicionales sin resolver las contradicciones de clase y exasperándolas, por el contrario, con la adición de contras¬tes más agudos y perturbadores; la adqui¬sición de un patrimonio cultural, ligado a las nuevas estructuras productivas y que, mezclándose, yuxtaponiéndose y super¬poniéndose a la antigua herencia, ha con¬tribuido a elaborar los instrumentos ideoló¬gicos que han posibilitado importantes transformaciones sociales. De este modo Asia ha adquirido la fisonomía actual, variada y compleja según sus países: en el Japón, por ejemplo, la aceptación aparente¬mente integral de los modelos occidentales no llega a sustituir del todo la antigua escala de valores y da como resultado una "coexis¬tencia" contradictoria e inestable; en la India, la concepción "idealista" y la con¬templación casi estática de la tradición parecen convertirse en medios para atenuar las contradicciones, demasiado evidentes, del presente; en China, la actitud crítica hacia un pasado excesivamente oneroso fue ún factor desencadenante de una revolución, que ha conducido, a lo largo de un tracto histórico que parece ya irrever¬sible, a la creación de una "nueva sociedad" entre los herederos del Celeste Imperio. La presente obra tiene como ambiciosa finalidad el describir esta inmensa realidad geográfica, humana, histórica, cultural y económica, en su conjunto y en los diversos territorios que la componen, incluyendo en la descripción a Oceanía, que constituye en definitiva un apéndice de este gran conti¬nente y que debe encontrar su puesto, evi¬dentemente, no en la ilusión de progreso, en el espejismo de la "civilización blanca", sino en su integración al mundo asiático, como preludio a una unión que comprenda a la humanidad entera. Asia, contigua a Europa, igual en la originalidad y profundi¬dad de pensamiento, distinta en su escala de valores, ha contribuido, de modo que hoy en día todavía no se valora adecuadamente, a la formación de la civilización occidental que, sin la influencia asiática, hubiera sido y sería completamente distinta. Las investi¬gaciones de Donald F. Lach (en Asia en la forja de Europa), como las de Lattimore, Jakubovski, Igor De Rackewiltz y-permí¬tase la cita- de uno de los autores de la pre¬sente Introducción, han aportado una serie inmensa de datos, que demuestran cómo cualquier separación o contraposición entre los dos mundos es siempre parcial y limi¬tada, y que hoy más que nunca debemos hablar de Eurasia, incluso, y sobre todo, en el campo de los valores humanos y de la evolución histórica.

IDOMENEO BARBADORO
MARIO BUSSAGLI

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アジア 4

En el fondo, se trata de una forma de transición entre la sociedad primitiva y la sociedad basada en la división del trabajo; en ella la comunidad primitiva se halla ligada por un "cordón umbilical" a la propiedad colectiva de la tie¬rra, y la apropiación del excedente se pro¬duce, no a partir de la propiedad privada de los medios de producción (que siguen siendo colectivos), sino a partir de la posición social asumida por un determi¬nado grupo que se erige en "representante" de la comunidad y "organizador del trabajo común". Indudablemente los factores ambientales han contribuido a la creación de tal estructura, en la medida en que han impuesto una acción colectiva organizada para poder proteger la tierra drenando los terrenos encenagados, para defenderla de las inundaciones con diques y sistemas hidráulicos, y para hacerla productiva por medio de la irrigación y la canalización. La autoridad superior de cada pueblo se ha visto reforzada y consolidada con las nece¬sidades de distribución de los recursos hidráulicos, esenciales en los arrozales y en las zonas áridas, y en general con la conser¬vación y ampliación del patrimonio común, especialmente cuando la organización del trabajo colectivo se convertía en condición indisperísable para mantener la productivi¬dad social, y por tanto, la supervivencia misma de la comunidad. Así se ha ido configurando un modo de pro¬ducción, cuyos rasgos sobresalientes se hallan constituidos por la rigidez de las estructuras y por su tendencia a reproducir una y otra vez las mismas condiciones anteriores, fenómenos que deben con¬siderarse de un modo relativo y no absoluto, como demuestra la historia de Asia. Naturalmente, aun con esta uniformi¬dad de base, las diferencias de una zona y de una época a otra han sido muy marcadas. Dichas diferencias vienen dadas por muy distintas causas: modo de repartición de las tierras dentro de cada pueblo, autoridad que la lleva a cabo, relaciones entre el Estado y las comunidades campesinas y papel del Estado como organizador de la producción, bien agrícola o de otros secto¬res (minería, artesanado, etc.); modo de cosechar, concentración y distribución del excedente de producción, contratación de peonaje para las obras públicas, divi¬sión del trabajo, balance (relativo y absolu¬to) de los intercambios externos e internos, función de las ciudades, composición del grupo social dirigente, manifestación de los antagonismos de clases y de la contra¬dicción entre la explotación en común de la tierra y la tendencia a la apropiación pri¬vada, ideologías y culturas orgánicamente relacionadas con cada tipo de sociedad, etcétera.

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アジア3

El asiático ha respondido como ha podido al "desafío" de la naturaleza, logrando sólo parcialmente dominar el mundo exterior, ya que las formas de organización social a través de las que ha alcanzado tan pri¬mordial objetivo -esencial para la supervi¬vencia- han frenado el desarrollo ulterior. Por ello, casi ha dado la impresión de diluirse en la naturaleza, de vivir a su mismo ritmo y al compás de sus vibraciones vitales. Sin embargo, ha recorrido un largo camino histórico, no exento de progreso, y no se ha estancado en un presunto e inexistente inmovilismo. A pesar del estatismo y la abs¬tracción de su filosofía o de su concepción cíclica del tiempo, Asia ha contado siempre con figuras y grupos sociales con conciencia de las situaciones concretas y reales, con una visión precisa de las fuerzas sociales en juego y con una concepción dinámica de la historia que, aunque aparentemente muy diferente de la europea, en realidad ha sido análoga: con formaciones sociales inter¬medias, luchas de clases, conflictos sociales y ambiciones imperialistas. El continente, que hasta nuestro siglo no había conocido una revolución -en el sentido de un cambio radical de las relaciones sociales de pro¬ducción-, ha sido el escenario de numero¬sas revueltas de masas, protestas intelec¬tuales (de tendencia progresista o conser¬vadora) y acciones políticas con fines sociales. Aunque a menudo haya conde¬nado la guerra, su historia no ha sido menos sangrienta que la de Europa, y aunque en Asia ciertas aspiraciones humanistas han quedado encerradas en los límites de la utopía, eso no disminuye su valor. La his¬toria asiática, clave indispensable para com¬prender la idiosincrasia del continente, muestra, pues, aspectos análogos, aunque no idénticos, a los europeos. Su historia se ha desarrollado dentro de un contexto dis¬tinto, y quizás a ello deba atribuirse el ori¬gen de la larga incomprensión recíproca, de la enorme contradicción entre la contigüi¬dad territorial de ambas regiones del pla¬neta y la gran divergencia de sus experiencias culturales. Por lo tanto se hace necesario analizar, en los condicionamien¬tos objetivos de las civilizaciones de Asia, un elemento esencial: la forma de organi¬zación de 1a producción social, frente al "desafío" del medio natural y como sus¬trato material de la civilización misma. Y antes que nada es necesario afirmar que las relaciones entre la estructura productiva y la superestructura política, jurídica, ideoló¬gica y cultural de una colectividad no se prestan a generalizaciones fáciles ni a esque¬matizaciones mecánicas. Por el contrario, dichas relaciones se articulan y revisten for¬mas diversas, resultantes de la mediación de complejas acciones que actúan a partir de los distintos condicionamientos y circuns¬tancias históricas. Con todo, parece cierto que cada forma de producción social tiene su sistema peculiar de mediaciones entre la base material y la superestructura, aunque hay que constatar que aún falta un largo camino teórico que recorrer para profundi¬zar suficientemente en tal problema. ¿ En qué medida los múltiples elementos, bas¬tante homogéneos, de la organización polí¬tica, de las características esenciales de los presupuestos ideológicos, de la mentalidad, del sistema de pensamiento y de la escala de valores, que emergen de la historia antigua de Asia y que, a nivel de residuos superes¬tructurales, se encuentran todavía en la fiso¬nomía del continente, constituyen el reflejo mediato de una relativa uniformidad en la estructura productiva subyacente a las dis¬tintas civilizaciones?
Entre las formas precapitalistas de organi¬zación de la producción social, Marx estudió la "asiática" y señaló en varias ocasiones sus características esenciales. El significado científico de tal concepción ha tenido el curioso destino de no ser compren¬dido durante largo tiempo y, sobre todo, de haberse convertido en el punto de arranque de una controversia cargada de implicacio¬nes políticas -cuya evolución ha reconstruido Giovanni Sofri en El modo de producción asiático- hasta que, en un momento dado, una cierta "ortodoxia" marxista ha preferido dejarlo de lado, para aceptar un criterio "unilineal" del desa¬rrollo totalmente extraño al filósofo alemán y que se basa en la existencia de una serie temporal de "estadios", en la que cada uno de ellos derivaría, más o menos mecánica¬mente, del inmediatamente precedente, casi como un juego de cajitas chinas. En la actualidad, el valor de esta poco conocida hipótesis de Marx se ha confirmado. La base material de las antiguas civilizacio¬nes asiáticas: Mesopotamia, irán, India, China, Japón, Sudeste asiático y, en algu¬nos aspectos, incluso de Bizancio, se basa en un modo de producción caracterizado, como ha dicho Jean Chesneaux en Asia en la historia de mañana, "por la combinación entre la producción de las comunidades campesinas y la intervención económica de una autoridad estatal que la explota y al mismo tiempo la dirige".

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アジア 2

Esta tendencia ha permitido asimilar algunos aspectos del modo de vida oriental, interpretándolos frecuentemente a la luz de las necesidades europeas, como el "destino" de Confucio, erigido en "numen tutelar" del pensamiento político del siglo XVIII, debido a que la "sabiduría" y la"racionalidad" burocrática de la organi¬zación estatal china servían como paráme¬tro crítico y, en parte, como instrumento revolucionario para la sociedad occidental en general y para la francesa en particular, a medida que se perfilaba la crisis inevitable de las instituciones que desembocaría en la revolución de 1789; pero no ha sido suficiente como para crear una comprensión efectiva. Dicha comprensión se ha visto fre¬nada, por no decir completamente impo¬sibilitada, por la misma vastedad de las civilizaciones asiáticas, alternativamente admiradas o despreciadas, consideradas con una altanería injustificada o con afecto. La barrera de las lenguas ha significado un obstáculo enorme, acrecentándosela difi¬cultad por la diferencia de costumbres yde valores establecidos. Y ese obstáculo se ha convertido en casi insuperable cuando Europa, amparada en su superioridad tecnológica consecuente a la "revolución industrial" (superioridad que no podía compensarse con limitadas "ayudas técni¬cas—, ya que radicaba en un salto cualitativo de la estructura productiva), impuso su hegemonía, sometiendo directa o indirecta¬mente a los pueblos asiáticos, que empeza¬ban a captar, y en parte a aceptar, la escala de los valores occidentales. De hecho, el paso de una igualdad sus¬tancial al colonialismo, con la consiguiente dicotomía entre dominadores y domina¬dos, no ha favorecido la comprensión entre Asia y Europa y ha profundizado el abismo que las separaba. Sin embargo los asiáticos, por su misma condición de dominados, han asumido concepciones distintas a las tra¬dicionales, tomando del bagaje cultural de Occidente los instrumentos necesarios para su lucha de liberación, aunque dicha adqui¬sición haya sido mediatizada -y no podía ser de otra forma- por criterios selectivos. Por otro lado, si bien la dominación colo¬nialista, indudablemente, ha acentuado las actitudes occidentales de superioridad y desprecio, no por ello ha impedido que a principios del siglo xx siguiese manifestán¬dose el asombro del europeo y del ameri¬cano ante el mundo oriental. De este modo, ha aumentado el interés por las civilizacio¬nes asiáticas y el reconocimiento de su importancia. El occidental ha intentado penetrar, a partir de la lingüística y la filo¬sofía, el arte y la historia, en el cono¬cimiento de los valores profundós de un conjunto de culturas potencialmente equiparables a la europea; pero no siempre ha logrado captar el significado profundo de las distintas manifestaciones culturales por falta de datos, de metodología, de pun¬tos de referencia y sistematización en las investigaciones. El análisis científico se ha centrado sucesivamente en tesis y campos distintos, haciendo hincapié sobre todo en la filología y en el pensamiento religioso. Precisamente por ello, la esencia misma de las civilizaciones ha permanecido enigmá¬tica, hasta tal punto que sólo últimamente se ha atenuado el interés exótico y casi romántico de los estudios orientales.
No obstante, desde la época napoleónica Asia ha participado en el juego del equili¬brio político militar europeo; y desde principios del siglo xx las masas humanas del continente han asumido el papel de protagonistas de la historia mundial, rei¬vindicando cada vez con mayor fuerza y a menudo por medio de luchas sangrientas su autonomía y capacidad de decisión. A pesar de ello, la realidad política y la realidad científica (de los investigadores y eruditos) han continuado desarrollándose independientemente, llegando sólo mucho más tarde a un punto de convergencia que presenta una nueva visión en la que se toma en cuenta lo que podríamos llamar el compás armónico de la evolución his¬tórica y social.
Asia tenía una escala distinta de valores humanos, en la que lo individual revestía bastante menos importancia que lo colec¬tivo, dentro de estructuras sociopolíticas centralizadas, opresivas, estáticas y, a menudo, sin esperanza de progreso para el individuo. Éste, huyendo de una realidad cada vez más hostil, se ha abandonado durante siglos a los "placeres" de la literatura, de la especulación filosófica o metafísica, si formaba parte de la casta superior, o bien a la resignación amarga, al misticismo, a las experiencias mágicas y ocultistas, e incluso a la aleatoria borrachera de la droga, si por el contrario formaba parte de la masa de los oprimidos. El origen de tal hostilidad no tiene únicamente su ori¬gen en una sociedad jerarquizada y explo¬tadora, sino también en el medio natural inmenso, a menudo durísimo y siempre expuesto a la acción de fenómenos cli¬matológicos de violencia inaudita y aterra¬dora.

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アジア

アジアASIA
es un continente de forma maciza y dimensiones enormes, con una superficie de 44 millones de km2. Es el mayor de los cinco continentes; alberga casi el 65% de la humanidad, con una distribución media de 44 habitantes por km2, lo que significa una media de densidad demográfica altísima. Estas características le han valido el califi¬cativo de "continente de los máximos", denominación que se justifica por el hecho de que en Asia se encuentran el Everest, que es la cima más alta del mundo; el Caspio, que es el lago más grande; la depresión del mar Muerto, también la mayor de la Tierra, y otros récords relativos y absolutos que figuran en los primeros puestos de las estadísticas geológicas. Para nosotros su importancia estriba, sobre todo, en la extraordinaria realidad de un continente que vio surgir muchas de las civilizaciones humanas más evolucionadas, algunas de ellas muy antiguas, y que se halla estrechamente ligado a Europa, hasta el punto de que ambas forman una verdadera unidad geográfica: Eurasia. Sin embargo, desde un punto de vista histórico y, en general, de las ciencias sociales, la evolución de Asia ha sido muy distinta de la europea, siguiendo a veces caminos opuestos; si bien hay que tener en cuenta que siempre ha exis¬tido una cierta complementariedad, ya que dentro de Eurasia no existen civilizaciones que se hayan desarrollado realmente de una forma aislada. Pero las conexiones entre Asia y Europa no llegaron nunca a un nivel de integración efectiva de los dos mundos. Estos vínculos intensos y profundos nacen en la lejana prehistoria a través de manifes¬taciones culturales, no siempre muy com¬probadas, o por medio de movimientos migratorios, que aparecen a finales de la úl¬tima glaciación. Prosiguen a través de siglos y milenios, dando lugar a fenómenos de excepcional importancia ; por ejemplo, el proceso de urbanización arranca de los territorios asiáticos, donde adquiere diver¬sas configuraciones, y la expansión del arte "orientalista" vigente en el siglo VIII antes de Cristo alcanza incluso a los etruscos. Por su parte, la expansión helenística invade el Irán, la India nordoccidental y, muchos siglos después de Alejandro -cuando había dado ya vida a un "helenismo asiático", que aunque sólo nos fijemos en el nivel artístico figurativo, reviste tanta importancia como el helenismo mediterráneo-, llega hasta los últimos confines de China, dejando huellas que lo atestiguan en la depresión de Turfan. El empuje de los grupos nómadas con¬diciona durante milenios, aunque indirecta¬mente, la dinámica histórica de ambos con¬ tinentes, ofreciendo a las experiencias europeas una aportación que no fue sólo negativa y que, en general, influyó profun¬damente en la fisonomía política de Europa. La expansión islámica y la pe¬netración colonial constituyen fenómenos muy distintos, pero a través de ellos se establecen relaciones unificadoras y de intercambio comercial y cultural, aunque sin culminar nunca en un acercamiento efec¬tivo entre las diferentes civilizaciones; simplemente éstas -a través de formas diversas y, a menudo, con esfuerzos de com¬prensión recíprocos- adquieren conciencia de la existencia de las demás. En realidad, el mundo occidental -que en su día tuvo que afrontar la presencia árabe o el poderío turco-, aun considerando a Asia culturalmente extraña, "misteriosa" y casi incomprensible, y aun intentando domi¬narla y explotarla, nunca consideró a sus pueblos como masas humanas que debía eli¬minar, como sucedió en América, ni como seres inferiores, caso del África negra. El complejo pensamiento religioso y filosófico de Asia, su fama de sabiduría y misterio, el lujo de sus cortes y, sobre todo, el poderío de alguno de sus estados y su capacidad para absorber los conocimientos tecnológi¬cos europeos, especialmente en el campo militar, han impedido un acercamiento negativo y simplista, equivalente al de los conquistadores y negreros; han frustrado cualquier intento de imponer por la fuerza un modelo cultural sobre el propio de Asia; han evidenciado la necesidad de la "coexis¬tencia" de ambas civilizaciones y la acep¬tación de la existencia de sistemas de vida distintos -que no siempre, y no en todo, estaban en desventaja respecto de Euro¬pa-; aunque, naturalmente, no por ello se han evitado errores de fondo, prejuicios ni una cierta voluntad de opresión. Así pues, razones económicas y políticas y necesidades comerciales de origen antiquí¬simo, incrementadas desmesuradamente por la evolución de las estructuras produc¬tivas, forzaron durante mucho tiempo, a los occidentales que entraban en contacto con Asia, a admitir la existencia de realidades diferentes, de "mundos distintos" que no se podían ignorar ni destruir -aunque sólo fuera porque faltaba la fuerza material o no parecía conveniente utilizarla-; por lo cual era necesario tratar de adaptarlos al ámbito de los intereses europeos o, más en general, de Occidente.

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