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Capítulo II.- Renuncia a la Guerra |
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como se dira EUROCENTRISMO en 日本語??? |

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Pero el Asia actual es fruto no sólo del pasado de sus civilizaciones, a veces mile¬narias, sino también de hechos mucho más cercanos a nosotros, y sobre todo de la irrupción militar y económica, en el conti¬nente, de las mayores potencias mundiales. De este hecho dramático y sangriento ha derivado la dominación colonialista y la reconquista de la propia libertad, por medio de un proceso agótador que todavía con¬serva en algunas zonas la forma de la lucha armada contra los diversos imperialismos que las amenazan, mientras que en la mayor parte del continente se muestra en la lucha por la independencia económica; la intro¬ducción, a menudo forzada, de modos de producción antes desconocidos, que han arrumbado los tradicionales sin resolver las contradicciones de clase y exasperándolas, por el contrario, con la adición de contras¬tes más agudos y perturbadores; la adqui¬sición de un patrimonio cultural, ligado a las nuevas estructuras productivas y que, mezclándose, yuxtaponiéndose y super¬poniéndose a la antigua herencia, ha con¬tribuido a elaborar los instrumentos ideoló¬gicos que han posibilitado importantes transformaciones sociales. De este modo Asia ha adquirido la fisonomía actual, variada y compleja según sus países: en el Japón, por ejemplo, la aceptación aparente¬mente integral de los modelos occidentales no llega a sustituir del todo la antigua escala de valores y da como resultado una "coexis¬tencia" contradictoria e inestable; en la India, la concepción "idealista" y la con¬templación casi estática de la tradición parecen convertirse en medios para atenuar las contradicciones, demasiado evidentes, del presente; en China, la actitud crítica hacia un pasado excesivamente oneroso fue ún factor desencadenante de una revolución, que ha conducido, a lo largo de un tracto histórico que parece ya irrever¬sible, a la creación de una "nueva sociedad" entre los herederos del Celeste Imperio. La presente obra tiene como ambiciosa finalidad el describir esta inmensa realidad geográfica, humana, histórica, cultural y económica, en su conjunto y en los diversos territorios que la componen, incluyendo en la descripción a Oceanía, que constituye en definitiva un apéndice de este gran conti¬nente y que debe encontrar su puesto, evi¬dentemente, no en la ilusión de progreso, en el espejismo de la "civilización blanca", sino en su integración al mundo asiático, como preludio a una unión que comprenda a la humanidad entera. Asia, contigua a Europa, igual en la originalidad y profundi¬dad de pensamiento, distinta en su escala de valores, ha contribuido, de modo que hoy en día todavía no se valora adecuadamente, a la formación de la civilización occidental que, sin la influencia asiática, hubiera sido y sería completamente distinta. Las investi¬gaciones de Donald F. Lach (en Asia en la forja de Europa), como las de Lattimore, Jakubovski, Igor De Rackewiltz y-permí¬tase la cita- de uno de los autores de la pre¬sente Introducción, han aportado una serie inmensa de datos, que demuestran cómo cualquier separación o contraposición entre los dos mundos es siempre parcial y limi¬tada, y que hoy más que nunca debemos hablar de Eurasia, incluso, y sobre todo, en el campo de los valores humanos y de la evolución histórica. |

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En el fondo, se trata de una forma de transición entre la sociedad primitiva y la sociedad basada en la división del trabajo; en ella la comunidad primitiva se halla ligada por un "cordón umbilical" a la propiedad colectiva de la tie¬rra, y la apropiación del excedente se pro¬duce, no a partir de la propiedad privada de los medios de producción (que siguen siendo colectivos), sino a partir de la posición social asumida por un determi¬nado grupo que se erige en "representante" de la comunidad y "organizador del trabajo común". Indudablemente los factores ambientales han contribuido a la creación de tal estructura, en la medida en que han impuesto una acción colectiva organizada para poder proteger la tierra drenando los terrenos encenagados, para defenderla de las inundaciones con diques y sistemas hidráulicos, y para hacerla productiva por medio de la irrigación y la canalización. La autoridad superior de cada pueblo se ha visto reforzada y consolidada con las nece¬sidades de distribución de los recursos hidráulicos, esenciales en los arrozales y en las zonas áridas, y en general con la conser¬vación y ampliación del patrimonio común, especialmente cuando la organización del trabajo colectivo se convertía en condición indisperísable para mantener la productivi¬dad social, y por tanto, la supervivencia misma de la comunidad. Así se ha ido configurando un modo de pro¬ducción, cuyos rasgos sobresalientes se hallan constituidos por la rigidez de las estructuras y por su tendencia a reproducir una y otra vez las mismas condiciones anteriores, fenómenos que deben con¬siderarse de un modo relativo y no absoluto, como demuestra la historia de Asia. Naturalmente, aun con esta uniformi¬dad de base, las diferencias de una zona y de una época a otra han sido muy marcadas. Dichas diferencias vienen dadas por muy distintas causas: modo de repartición de las tierras dentro de cada pueblo, autoridad que la lleva a cabo, relaciones entre el Estado y las comunidades campesinas y papel del Estado como organizador de la producción, bien agrícola o de otros secto¬res (minería, artesanado, etc.); modo de cosechar, concentración y distribución del excedente de producción, contratación de peonaje para las obras públicas, divi¬sión del trabajo, balance (relativo y absolu¬to) de los intercambios externos e internos, función de las ciudades, composición del grupo social dirigente, manifestación de los antagonismos de clases y de la contra¬dicción entre la explotación en común de la tierra y la tendencia a la apropiación pri¬vada, ideologías y culturas orgánicamente relacionadas con cada tipo de sociedad, etcétera. |

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El asiático ha respondido como ha podido al "desafío" de la naturaleza, logrando sólo parcialmente dominar el mundo exterior, ya que las formas de organización social a través de las que ha alcanzado tan pri¬mordial objetivo -esencial para la supervi¬vencia- han frenado el desarrollo ulterior. Por ello, casi ha dado la impresión de diluirse en la naturaleza, de vivir a su mismo ritmo y al compás de sus vibraciones vitales. Sin embargo, ha recorrido un largo camino histórico, no exento de progreso, y no se ha estancado en un presunto e inexistente inmovilismo. A pesar del estatismo y la abs¬tracción de su filosofía o de su concepción cíclica del tiempo, Asia ha contado siempre con figuras y grupos sociales con conciencia de las situaciones concretas y reales, con una visión precisa de las fuerzas sociales en juego y con una concepción dinámica de la historia que, aunque aparentemente muy diferente de la europea, en realidad ha sido análoga: con formaciones sociales inter¬medias, luchas de clases, conflictos sociales y ambiciones imperialistas. El continente, que hasta nuestro siglo no había conocido una revolución -en el sentido de un cambio radical de las relaciones sociales de pro¬ducción-, ha sido el escenario de numero¬sas revueltas de masas, protestas intelec¬tuales (de tendencia progresista o conser¬vadora) y acciones políticas con fines sociales. Aunque a menudo haya conde¬nado la guerra, su historia no ha sido menos sangrienta que la de Europa, y aunque en Asia ciertas aspiraciones humanistas han quedado encerradas en los límites de la utopía, eso no disminuye su valor. La his¬toria asiática, clave indispensable para com¬prender la idiosincrasia del continente, muestra, pues, aspectos análogos, aunque no idénticos, a los europeos. Su historia se ha desarrollado dentro de un contexto dis¬tinto, y quizás a ello deba atribuirse el ori¬gen de la larga incomprensión recíproca, de la enorme contradicción entre la contigüi¬dad territorial de ambas regiones del pla¬neta y la gran divergencia de sus experiencias culturales. Por lo tanto se hace necesario analizar, en los condicionamien¬tos objetivos de las civilizaciones de Asia, un elemento esencial: la forma de organi¬zación de 1a producción social, frente al "desafío" del medio natural y como sus¬trato material de la civilización misma. Y antes que nada es necesario afirmar que las relaciones entre la estructura productiva y la superestructura política, jurídica, ideoló¬gica y cultural de una colectividad no se prestan a generalizaciones fáciles ni a esque¬matizaciones mecánicas. Por el contrario, dichas relaciones se articulan y revisten for¬mas diversas, resultantes de la mediación de complejas acciones que actúan a partir de los distintos condicionamientos y circuns¬tancias históricas. Con todo, parece cierto que cada forma de producción social tiene su sistema peculiar de mediaciones entre la base material y la superestructura, aunque hay que constatar que aún falta un largo camino teórico que recorrer para profundi¬zar suficientemente en tal problema. ¿ En qué medida los múltiples elementos, bas¬tante homogéneos, de la organización polí¬tica, de las características esenciales de los presupuestos ideológicos, de la mentalidad, del sistema de pensamiento y de la escala de valores, que emergen de la historia antigua de Asia y que, a nivel de residuos superes¬tructurales, se encuentran todavía en la fiso¬nomía del continente, constituyen el reflejo mediato de una relativa uniformidad en la estructura productiva subyacente a las dis¬tintas civilizaciones? |

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